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Vida de Newman

Sacerdocio, teología y santidad

Como continuación del interesante “dossier” que publicó Cristo Hoy sobre la Iglesia en Inglaterra, y de la alusión a la persona de Newman, parece oportuno considerar su vida y pensamiento un poco más, dada la influencia que tiene hasta hoy. Esto se ve con solo considerar que es citado por el Magisterio de la Iglesia: cuatro veces en el Catecismo de la Iglesia Católica, y también en las Encíclicas de Juan Pablo II “Veritatis Splendor” y “Fides et Ratio”. Se trata, por tanto, de un maestro en la fe. ¿Ha dicho algo más la Iglesia sobre su persona?

Si vamos hacia atrás, el 22 de febrero de 1991, el Santo Padre aprobaba las virtudes heroicas del Siervo de Dios John Henry Newman, declarándolo Venerable. Más de 18.000 páginas componían el Proceso diocesano que la Arquidiócesis de Birmingham había enviado en 1986 a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos. Muchos en todo el mundo esperan ver  pronto a Newman incluido en el Santoral. El mismo Papa Pío XII estaba convencido de alguna vez sería proclamado Doctor de la Iglesia. El aprecio de los Papas por la figura de Newman arranca en vida del mismo, cuando León XIII lo creó Cardenal en 1879. Asimismo, durante las sesiones del Concilio Vaticano II, se hablaba de él como del “Cardenal ausente”.

Paralelamente, en el ámbito de la teología y la filosofía, Newman es objeto de estudio permanente. En 1995, con motivo de los 150 años de su conversión al catolicismo tuvo lugar en Oxford un Congreso Internacional, al que tuvimos la oportunidad de asistir. Ya habían tenido lugar dos encuentros similares en Roma, con motivo del centenario de su cardenalato en 1979 y del centenario de su muerte en 1990. El año pasado asistimos al último, también en Oxford, y esperamos el próximo en el 2001, para el bicentenario de su nacimiento. Pero esta actividad es fruto de la atracción que causa su vida y pensamiento, sin interrupción desde el siglo pasado.

La influencia de Newman en la vida de la Iglesia del siglo XX tiene características casi únicas. Aparece explícitamente citado por los más grandes teólogos contemporáneos, no habiendo casi ninguno que obvie nombrarlo o aún dedicar estudios especiales, como es el caso de Louis Bouyer, o Erich Przywara, que llegó a considerarlo como la mente más grande de la época contemporánea, semejante a la de San Agustín en la antigüedad y Santo Tomás en el medioevo. Se han escrito centenares de ensayos, artículos y obras mayores sobre su teología, su filosofía y su espiritualidad, y sería largo enumerar hoy las biografías que existen, comenzando por la obra maestra de Ward de 1912, pasando por la de Bouyer de 1952, y terminando con la de Ian Ker de 1988 y la del Padre Morales de 1990.

El interés por su vida va unido al de su teología, porque es un autor teológico y religioso marcadamente autobiográfico. Precisamente es su obra Apologia por vita sua, la autobiografía que escribió para relatar el proceso de su conversión y el desarrollo de sus ideas religiosas hasta llegar a Roma y aún después, la que se ha convertido un clásico de la literatura cristiana universal, no solo inglesa. Y allí hay que ir a beber antes que a ninguna otra obra suya, en el inmenso catálogo que abarca casi noventa volúmenes, doce dedicados a sermones (600, si contamos los no editados por él mismo), treinta a sus 20.000 cartas, y los demás a sus grandes ensayos teológicos, históricos, bíblicos, artículos varios, meditaciones y oraciones, y en fin, su poesía. Sí, Newman fue teólogo, pero también poeta, y una de las plumas más apreciadas de la literatura inglesa del siglo XIX.

Pero, por encima de todo, Newman fue un sacerdote, tanto en su vida anglicana como después de su conversión al catolicismo. Lo ejerció  como Vicario en la iglesia de Santa María de Oxford, centro religioso de la Universidad, en la pequeña iglesia de Littlemore construída por él mismo, y como sacerdote católico en el Oratorio de Birmingham , que él fundó. Por ello su teología la encontramos, de manera singular,  en sus sermones. Su calidad de pastor iba unida a la de teólogo, y podemos decir, a la de una vida santa, tal como la de los Santos Padres de la Iglesia, a quienes Newman admiraba y estudiaba, y gracias a quienes se convirtió. Y, de hecho, hay muchos que ven en él una suerte de Padre de la Iglesia actual, en el sentido de ser un testigo y maestro de la Verdad en esta época.

Converso, amante y maestro de la Verdad

El punto de inflexión en la vida de Newman está dado, lógicamente, por su conversión al catolicismo, el 9 de octubre de 1845, dividiendo a aquella en dos mitades, que los biógrafos y estudiosos ya han definido como época anglicana y época católica, distinción que se hace también con sus obras. Pero, si bien toda conversión es siempre un salto, la de Newman estuvo precedida por un largo y admirable desarrollo, signado por la incesante búsqueda de la verdad. El paso definitivo estuvo precedido por un caminar veloz e inquieto, y seguido por un caminar más sosegado hasta el reposo final. Pero no estuvo exento de luchas, contrariedades, fracasos y persecuciones en ambas etapas, que hacen de la vida de Newman fuente de consuelo para los que se desaniman frente a la dificultad en el camino de la fe y a la adversidad que impacienta.

No hace falta decir lo que el lector ya sospecha, y es que aún en este sentido, también debemos afirmar la actualidad de Newman. Sus mismas luchas han venido a prolongarse hasta nuestros días. El mismo previó y casi profetizó muchas de las circunstancias que ahora se hacen manifiestas, y por eso mismo el lector actual encuentra en él respuestas casi asombrosas, teniendo en cuenta que fueron dadas, en sus obras más tempranas, ciento cincuenta años atrás.

Como lo expresó en la Apologia: “…después de todo, la controversia no giraba sino en torno  de la fe y de la Iglesia. Tal fue mi conclusión del principio al fin…y la historia de mi conversión es simplemente el proceso del trabajo para lograr una solución”.

Esta misma realidad, el desafío del liberalismo religioso, del relativismo al que se refiere el Papa en su última Encíclica,  la expuso Newman en Roma, en el célebre discurso con ocasión de su elevación al cardenalato, a los 78 años, testimonio de toda una vida. Al leerlo hoy, 120 años después, parece retratar exactamente lo que sucede ahora. La actualidad de Newman se hace patente:

Me alegra decir que desde el principio me he opuesto a un gran error. Por treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al Me alegra decir que desde el principio me he opuesto a un gran error. Por treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo religioso. ¡Nunca la Santa Iglesia ha tenido más necesidad de héroes que lo resistan con más urgencia que hoy, cuando, oh, tal error se desparrama como una trampa, por toda la tierra ! Y en esta gran ocasión en que es natural para alguien que está en mi lugar echar una mirada sobre el mundo y sobre la Santa Iglesia en él, y sobre el futuro, no será considerado fuera de lugar, espero, si renuevo la protesta que he hecho tantas veces.

El liberalismo religioso es la doctrina de que no hay ninguna verdad positiva en religión, sino que un credo es tan bueno como otro, y ésta es la enseñanza que va ganando fuerza día a día. Es incompatible con cualquier reconocimiento de alguna religión como ‘verdadera’. Enseña que todas deben ser toleradas y que son todas materia de opinión. La religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento y un gusto ; no es un hecho objetivo ni milagroso, y cada individuo tiene el derecho de hacerla decir lo que le impacta más a su fantasía. La devoción no está necesariamente fundada en la fe. Los hombres pueden asistir igualmente a ls iglesias protestantes o católicas y pueden sacar provecho de cualquiera de ellas o de ninguna. Pueden fraternizar juntos en pensamiento y sentimientos espirituales, sin tener que mantener en común ningún punto de vista doctrinal, ni ver su necesidad. De ahí que siendo la religión una peculiaridad tan personal y una posesión tan privada, debemos necesariamente ignorarla en las relaciones de los hombres entre sí. Si un hombre se pone una nueva religión cada mañana, ¿qué te importa a tí ? Es tan impertinente pensar acerca de la religión de un hombre como acerca de los medios de su familia. En ningún sentido, la religión es una obligación para la sociedad…

Hasta ahora el poder civil ha sido cristiano. Aún en países separados de la Iglesia, como el mío, el dicho en vigor era, cuando yo era joven : ‘El cristianismo es la ley del país’. Ahora, en todas partes, esa excelente estructura de la sociedad, que es la creación del cristianismo, está echando afuera al cristianismo…

Hasta ahora, se había considerado que la religión sola, con sus sanciones sobrenaturales, era suficientemente fuerte para asegurar la sumisión de la masas de nuestra población a la ley y al orden ; ahora los filósofos y los políticos se pliegan a satisfacer este problema sin la ayuda del cristianismo. En lugar de la autoridad y la enseñanza de la Iglesia, ellos colocan primero de todo una educación universal y completamente secular, calculada para convencer a cada individuo que ser ordenado, industrioso y sobrio son su personal interés. Luego, para los grandes principios del trabajo que toman el lugar de la religión, para el uso de las masas educadas cuidadosamente de este modo, se provee de las amplias y fundamentales verdades éticas de justicia, benevolencia, veracidad y similares, probada experiencia, y esas leyes naturales que existen y actúan espontáneamente en las sociedad y en cosas sociales, sean físicas o psicológicas, por ejemplo, en el gobierno, comercio, finanzas, experimentación sanitaria, y las relaciones internacionales. En lo que concierne a la religión es un lujo privado, que un hombre puede tener si lo desea ; pero por el cual, claro está, debe pagar, y son el cual no debe entrometerse ni molestar a otros…

El carácter general de esta ‘gran apostasía’ es único y el mismo en todas partes, pero en detalle y características varía según los diferentes países…Jamás el Enemigo ha planeado una estrategia más inteligente y con tanta probabilidad de éxito..
Esta batalla era, al fin de cuentas, fruto del amor a la verdad, resumido en una de sus humildes confesiones: “nunca pequé contra la Luz”. Esta actitud personal de pureza y honestidad intelectual está volcada en sus obras. Así lo expresó Juan Pablo II, en el mensaje con ocasión del centenario de 1990: “Han pasado cien años desde su muerte, pero no ha disminuido la importancia de esta extraordinaria figura, muchas de cuyas ideas disfrutan de particular relevancia en nuestros días. El tema de vuestro simposio, ‘John Henry Newman, amante de la verdad’, señala una razón más de la atracción continua que ejercen la vida y los escritos de Newman. El buscó a lo largo de toda su vida la única Verdad que hace libre al hombre (Jn 8,32)”.

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