MEDITACIONES PARA OCHO DÍAS

septiembre 17, 2020

Parte del intento de enseñar a un joven incapaz de meditar

Domingo

NUESTRO SENOR

1. Ponte en la presencia de Dios, arrodillado y con tus manos juntas.

2. Lee despacio y devotamente Apocalipsis, cap. 1, vers. 10-18

“Me hallé”, etc. hasta “de la muerte y el abismo”.

3. Trae ante ti al mismo tiempo todo lo que has leído, como si vieras a Nuestro Señor.

4. Luego dile a El cuanto venga a tu mente; por ejemplo:

“Sus ojos eran como llama de fuego”, y “Su aspecto era como el sol cuando brilla con toda su fuerza”.

(1) Dios mío, llegará el día en que veré ese aspecto y esos ojos, cuando mi alma vuelva a El para ser juzgada.

(2) Esos ojos son tan “penetrantes”: ellos ven a través de mí; nada les es oculto. Tú tienes contado cada cabello de mi cabeza. Tú conoces cada vez que respiro. Tú ves cada alimento que tomo.

(3) Esos ojos son tan “puros”. Son tan claros que puedo mirar hacia dentro en su profundidad, como en un transparente manantial de agua, aunque no puedo ver el fondo, porque Tú eres infinito.

(4) Esos ojos son tan “afectuosos”, tan apacibles, tan dulces. Ellos parecen decir, “Ven a Mí”.

5. Conclusión. Señor, haz que te ame, haz que te ame.

Lunes

EL ANGEL DE LA GUARDA

1. Ponte en la presencia de Dios, arrodillado y con tus manos juntas.

2. Lee despacio y devotamente el Salmo 90 (tal como se encuentra en Completas)

3. Trae todo lo que has leído ante ti, como si vieras a los Ángeles protegiéndote,

especialmente a tu Angel Guardián.

4. Luego di a Dios todo aquello que te sea sugerido; por ejemplo:

“El te ha encomendado a Sus ángeles, para que te guarden en todos tus caminos.

Ellos te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra una piedra”.

(1) Dios mío, yo iré hacia adelante por Tu camino, porque mi Guardián va conmigo. Estoy muy ciego; no sé lo que está ante mi. No sé lo que me pasará en la vida. Realmente no sé si viviré mucho o moriré joven. Pero sí sé esto: que en la salud y en la enfermedad, en el gozo y en la aflicción, en la juventud y en la vejez, Tú estarás conmigo.

(2) Mi dulce Guardián, qué hermoso eres. Quisiera poder verte. Eres tan puro y santo como hermoso, y tu aliento inspira pensamientos castos. Eres tan apacible y amable como puro.

5. Conclusión. Dios de los Ángeles, ten misericordia de mí. Reina de los Ángeles, ruega

               por mí.

Martes

SAN JOSE

1. Ponte en la presencia de Dios, arrodillado y con tus manos juntas.

2. Lee despacio y devotamente el Salmo 14

3. Trae ante ti al mismo tiempo todo lo que has leído, como si vieras a Nuestro Señor.

4. Luego dile a El cuanto venga a tu mente; por ejemplo:

(1) José era puro e inocente de una manera distinta a la de cualquier otro hombre que haya vivido jamás, exceptuando a Nuestro Señor. Su alma era tan blanca como la nieve. No tuvo nada de cuanto había en lo íntimo de su corazón que lo hiciera avergonzarse y habría encontrado muy difícil hallar materia de confesión. José, hazme tan inocente e irreprochable que no me preocupe que mis amigos miren dentro de mi corazón tan perfectamente como Jesús y María miraban dentro del tuyo. Dame la gracia de la santa simplicidad y afecto, de manera que pueda amarte y amar a María y sobretodo a Jesús, como tú amaste a Jesús y María.

(2) José fue tan humilde como impecable. Nunca pensó en sí mismo, sino siempre en el Niño Salvador que llevó en sus brazos. Santo José, hazme como tú en pureza, simplicidad, inocencia y devoción.

5.  Conclusión. ¡Jesús, misericordia! María, José, rogad por mí.

Miércoles

TODOS LOS SANTOS

1. Ponte en la presencia de Dios, arrodillado y con tus manos juntas.

2. Lee despacio y devotamente Apocalipsis, cap. 7, vers. 9-17

3. Trae todo esto ante ti como en cuadro.

4. Luego dile a El cuanto venga a tu mente; por ejemplo:

“Ellos están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en Su templo”. “No tendrán más hambre ni sed”. “El Cordero los guiará hasta las fuentes de aguas vivas”.

(1) Mi amado Señor y Salvador, ¿te veré alguna vez en el cielo? Este mundo es muy bello, muy atractivo, y hay muchas cosas y personas que amo en él. Pero Tú eres más bello y mejor que todo. Hazme conocer esto con mi corazón, tanto como por la fe y por mi razón.

(2) Mi Señor, no conozco aquí abajo nada que dure, nada que satisfaga. Los placeres llegan y se van; apago mi sed y estoy sediento otra vez. Pero los santos en el cielo tiene siempre su mirada fija en Ti, y beben en la eterna bendición de Tu amado, benévolo, sumamente tremendo y glorioso semblante.

5. Conclusión. Sea mi lote estar con los santos.

Jueves

EL PARACLITO

1. Ponte en la presencia de Dios, arrodillado y con tus manos juntas.

2. Lee despacio y devotamente el Salmo 103, vers. 29-36

3. Trata de imaginar en secreto el poder de Dios, dispensador de gracia y bendición en

todo momento sobre la faz de la tierra.

4. Luego di lo que sugiere tal pensamiento; por ejemplo:

(1) ¡Qué misterioso es mi soberano Señor y Dios! El está haciendo siempre y en todo lugar innumerables cosas, y una no interfiere con la otra. El escucha lo que se dice en todas partes, y aun así no confunde una cosa con otra. El sostiene cada cosa día y noche y no se fatiga. El está al mismo tiempo sumamente ocupado y siempre en reposo. El es soberano y supremo, aunque atiende como un sirviente la creación toda.

(2) Siendo así de misterioso en Sus obras, lo es mucho más en Su naturaleza. Dios Espíritu Santo es un solo Dios, pero así es Dios Padre y así Dios Hijo. ¿Cómo es que Dios es a la vez perfectamente uno y perfectamente trino? Yo no puedo decirlo, ningún sentido del hombre puede, ningún ángel puede contarlo plenamente, porque El es incomprehensible.

(3) ¡Señor mío! Dios Espíritu Santo, te adoro, porque Tú eres tan misterioso e incomprehensible. Si no fueras incomprehensible no serías Dios. Porque, ¿cómo podría ser el Infinito otra cosa que incomprehensible para mí?

5. Conclusión. Santos ángeles que veis el rostro de Dios, enseñadme a tener fe en El.

Viernes

JESUS

1. Ponte en la presencia de Dios, arrodillado y con tus manos juntas.

2. Lee despacio y devotamente San Lucas, 22 vers. 40-46 (como ocurre en la Pasión del

Miércoles Santo)

3. Trae ante ti lo que has leído como una pintura.

4. Luego dile a El cuanto venga a tu mente; por ejemplo:

(1) ¿Qué es lo que doblega al Omnipotente Hijo de Dios? ¿Qué es eso que tanto aterra y abruma a mi amado Salvador? ¿Qué es lo que así lo convulsiona de la cabeza a los pies? ¡Mira como tiembla! ¡Cae sobre sus rodillas como bajo una tremenda carga! Su carne se estremece y de todos sus poros brota un sudor. Es rojo, cae en gotas pesadamente sobre el suelo. Es Su preciosa sangre, y esto es Su agonía.

(2) Sí, sé muy bien cuál fue la causa de ello. El vino a la tierra para sufrirlo, y para destruirlo sufriéndolo. Es el peso del pecado. Los pecados de cada hijo de Adán, de la raza toda, fueron apilados en un solo montón, más alto que las montañas, y puesto sobre Su cabeza. La carga habría quebrantado a cualquiera, hasta al más supremo Arcángel y aun a la Bendita Madre de Dios. Un solo corazón humano pudo sufrirlo, el corazón del Hijo Divino. Aun así, mira cómo Su alma y cuerpo agonizaba con él, a pesar de que eran el alma y el cuerpo del Dios Encamado.

(3) Mi muy amado Salvador, dame alguna pequeña ternura para dolerme por Ti que sufres por mí.

5. Conclusión. Mi amada Madre, María, que fuiste sin pecado, enséñame a dolerme

                        contigo.

Sábado

MARIA

1. Ponte en la presencia de Dios, arrodillado y con tus manos juntas.

2. Lee despacio y devotamente Isaías 35

3. Piensa en María vestida de blanco, como la azucena.

4. Y di:

(1) Tú, María, eres Virgen de las Vírgenes. Tener un alma virginal es no amar nada sobre la tierra en comparación con Dios, o excepto por Su causa. El alma virginal está siempre buscando a Su ama do que está en el cielo, y lo ve en todo lo que es amable sobre la tierra, amando a los amigos terrenales con mucho cariño, pero en su propio lugar, como Sus dones y Sus representantes, pero amarlo sólo a Jesús con soberano afecto, y soportarlo todo con tal de permanecer con El.

(2) María, quisiera poder ver cómo usabas portarte con tu padre y madre, especialmente con Santa Ana. Y luego cómo te portabas con los sacerdotes del Templo, y luego con San José, y con Santa Isabel y con San Juan Bautista, y finalmente con los Apóstoles, especialmente con San Juan. Vería cuán dulce y amable eras con cada uno de ellos. Pero sin embargo tu corazón estaba sólo con Jesús. Y todos ellos sentirían y entenderían esto, no obstante que tú fueras bondadosa con ellos.

5. Conclusión. María, ¿cuándo me obtendrás un poco de esta celestial pureza,

                        de esta verdadera blancura de alma, que me haga fijar el corazón en el  

                        verdadero amor?

Domingo

NUESTRO SENOR

1. Ponte en la presencia de Dios, arrodillado y con tus manos juntas.

2. Lee despacio y devotamente el Apocalipsis, como el domingo anterior.

3. Trae ante ti todo lo que has leído de una vez, como si vieras a Nuestro Señor.

4. Luego di: “Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la blanca lana y como la

nieve”.

(1) Tu cabello es blanco, Jesús, porque Tú eres el Anciano de días, como dice el profeta Daniel. Desde toda la eternidad y por toda la eternidad Tú eres Dios. Tú verdaderamente quisiste venir a nosotros como un pequeño niño. Tú realmente fuiste suspendido en la Cruz en una edad anterior a la llegada de las canas. Pero, mi amado Señor, siempre hay algo misterioso respecto de Tí, de manera que el hombre no está suficientemente seguro de Tu edad. Los fariseos hablan de Ti como de alrededor de cincuenta años. Pero Tú has vivido millones y millones de años y Tu rostro solemnemente lo muestra. Y aun cuando Tú eras un niño, Tu cabello resplandecía tan brillante que la gente decía: “Es nieve”.

(2) Señor mío, Tú eres siempre viejo y siempre joven. Tú tienes toda perfección, y la vejez en Ti es diez mil veces más bella que la más bella juventud. Tu blanco cabello es un ornamento, no un signo de decadencia. Es tan deslumbrante como el sol, tan blanco como la luz y tan glorioso como el oro.

5. Conclusión. Jesús, haz que siempre te ame, no con ojos humanos, sino con los ojos

                        del Espíritu, que no ve como el hombre ve.

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